EL PENSAMIENTO CRÍTICO EN LAS UNIVERSIDADES

No soy un fatalista, pero el panorama mundial se torna cada vez más ensombrecedor: las guerras en medio oriente, el afán de poder de las potencias mundiales (Rusia y Estados Unidos), las enfermedades incurables, los males sociales, el calentamiento global y la degeneración del ser humano. Luego de echarle un vistazo al mundo, regreso a los ambientes universitarios del Perú para preguntarme si aún es válido seguir repitiendo y memorizando los temas en las aulas de clase como lo siguen haciendo algunos colegas, sabiendo que esa información los interesados la pueden encontrar en diversos medios (libros, revistas, videos, conferencias…), incluso podrían ser más provechosos para los estudiantes que se encuentran conectados a internet las 24 horas del día. Es cierto que a nosotros nos educaron cuando las bibliotecas eran exquisitas, los libros eran muy costosos y las fotocopias jamás pasaron por nuestra cabeza; por eso copiábamos lo que el profesor escribía en la pizarra. Los jóvenes de hoy nacieron con el celular, la computadora, la tableta conectados a internet. Esa enorme ventaja con respecto a la información que maneja la juventud de hoy se ha convertido en un reto para quienes se desempeñan como profesores e intentan sintonizar con sus estudiantes en estos tiempos tan “modernos”.

La situación descrita líneas arriba genera otra pregunta: ¿en el sistema universitario peruano se está generando espacios de discusión y debate enfocados en temas nacionales y mundiales que permitan desarrollar el pensamiento crítico? ¿O se está apostando por una educación light? Quizá, como lo vengo diciendo más de una década, se está apostando por formar estudiantes consumistas, contemplativos, cuyo objetivo esté centrado solo en obtener el diploma que le sirva para no morir de hambre en este país, cuyos índices de corrupción son alarmantes en estos últimos 20 años. Creo que la universidad tiene la obligación de generar dichos espacios para que los estudiantes lleguen a la conclusión que es una necesidad entender el mundo que le ha tocado vivir, entender que todo sigue su curso, entender que los escenarios político, económico, religioso y social de los países experimentan cambios coyunturales y drásticos, entenderse a sí mismos. Alcanzar este objetivo exige, indefectiblemente, el uso de la razón que se podría resumir en el abandono de las posiciones cómodas, producto de la lectura y el esfuerzo, además de resolver problemas que la sociedad demanda con urgencia. Ello, creo, haría a la persona más humana, útil, libre e independiente.

Ojalá que las universidades, sobre todo privadas, no se dejen seducir por el afán mercantilista y desnaturalicen su verdadera misión, ya que la sociedad les tiene mucho aprecio y aún confía en ellas.

 

 

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